
Cuando recorremos los pueblos del interior del Cilento, nos gusta pararnos a charlar con quien está sentado a la puerta de casa. Tarde o temprano la conversación siempre acaba en lo mismo: en las voces que, antaño, anunciaban la llegada del afilador, del paragüero o del vendedor de pescado. Hemos intentado ordenar esos recuerdos para contaros los oficios ambulantes del Cilento, un mundo que hoy sobrevive sobre todo en la memoria de los mayores y en alguna recreación en las fiestas de los pueblos.
Una tierra de pueblos lejanos, a los que se llegaba a pie
Para entender por qué en el Cilento los oficios ambulantes fueron tan importantes, basta con mirar un mapa: decenas de pueblos encaramados en colinas y montañas, comunicados durante siglos por caminos de herradura y senderos más que por carreteras. Muchas cosas no se podían producir en casa ni encontrar en una tienda del pueblo. Eran entonces los artesanos y los vendedores quienes se desplazaban, a menudo a pie o con el burro y la mula, de aldea en aldea.
No se trataba solo de comercio. La llegada de un ambulante traía noticias de otros pueblos, ocasiones de intercambio y, a veces, un poco de fiesta. En una economía en la que circulaba poco dinero, era frecuente pagar en especie: un poco de aceite, algunos huevos, una medida de trigo o de legumbres.
Los que reparaban: afiladores, paragüeros y lañadores
Entre las figuras más recordadas está el afilador, que iba con su muela montada en un bastidor o en una bicicleta y afilaba cuchillos, tijeras y aperos de labranza. Su pregón, gritado por las calles, es una de las voces que los mayores imitan con más gusto.
Junto a él estaban el paragüero, que arreglaba varillas y telas, y el estañador, que dejaba como nuevas ollas y calderas de cobre recubriéndolas de estaño. Un oficio curioso era el del lañador: con un pequeño taladro de mano y alambre «cosía» platos, cuencos y jarras de barro agrietados. En las casas campesinas no se tiraba nada, y un recipiente reparado podía durar todavía muchos años.
Estaba también el sillero, que arreglaba asientos de paja o de junco, y el zapatero que en ciertas épocas recorría el campo poniendo suelas nuevas a zapatos y botas.
Los que vendían: del mar a las montañas
Uno de los vínculos más fascinantes era el que unía la costa con el interior. El pescado de los pueblos marineros, sobre todo anchoas y pescado azul, subía hacia las colinas en cestas o en salazón, llevado por vendedores que recorrían largos trayectos a pie. Las anchoas en salazón eran valiosas precisamente porque se conservaban mucho tiempo: hablamos de ellas también en el artículo sobre las anchoas de menaica, la tradición de Pisciotta.
Desde el interior, en cambio, bajaban a los mercados los productos de los pastores: quesos, requesones y el cacioricotta de cabra del Cilento. También recorrían los pueblos vendedores de vajilla de barro, de telas y de pequeños objetos para la casa, que para las mujeres de los pueblos más aislados eran la única manera de conseguir agujas, botones y tejidos.
Las voces, los pregones y las fiestas
Cada oficio tenía su pregón, una frase cantada en dialecto que se reconocía desde lejos. Era una especie de «publicidad» sonora: bastaba oírla para saber quién había llegado al pueblo y salir de casa con el cuchillo por afilar o el paraguas roto.
Algunas figuras ambulantes estaban ligadas a momentos concretos del año. En Navidad, por ejemplo, los gaiteros de zampoña y chirimía iban de casa en casa para la novena. Con motivo de las fiestas patronales y de las ferias llegaban vendedores de dulces, de juguetes sencillos y de objetos devocionales. Si os interesa este mundo, os recomendamos leer también Tradiciones del Cilento.
Dónde encontrar la memoria de estos oficios
Hoy casi todos estos trabajos han desaparecido, sustituidos por las tiendas, los coches y los objetos de usar y tirar. Pero su memoria sigue viva de varias maneras. Muchos pueblos conservan pequeñas colecciones de herramientas de la cultura campesina, y en verano no es raro que las fiestas populares recreen escenas de la vida de antaño.
Para sumergiros en el mundo de los juegos de antes, hechos con materiales humildes, os sugerimos el Museo del Juguete Pobre de Montano Antilia, en Montano Antilia. Y para entender cómo vivían de verdad las comunidades del interior merece la pena pasear entre las casas de Roscigno Vecchia, el pueblo abandonado, en Roscigno, que ha quedado casi como era a comienzos del siglo XX.
En los alrededores
Si queréis montar un itinerario a partir de estas historias, el punto de referencia es nuestra guía El Cilento: qué hacer y qué ver. Desde Vallo della Lucania, corazón del Cilento interior, se llega fácilmente a los pueblos de colina y a la costa. Para situar el territorio dentro de la provincia lo tenéis todo en Salerno y alrededores, y en la mesa podéis seguir con la soppressata de Gioi, otro sabor nacido de la vida campesina de Gioi.
Foto superior (Vallo della Lucania): Miki.mod at Italian Wikipedia (Original text: Michele Modica), dominio público, vía Wikimedia Commons.

